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Artículo publicado en Milenio, el día 27 de octubre del 2021.

Mis padres estudiaron en la UNAM. Trabajaron toda su vida y construyeron un modesto patrimonio. Cuando llegó mi tiempo de elegir la opción era una. No solo por razones económicas. Era el camino para prolongar el orgullo familiar de pertenecer a la Universidad.

Poco tiempo después de ingresar a la Facultad de Derecho recibí una beca para incorporarme al Instituto de Investigaciones Jurídicas. Ahí completé mi formación y descubrí mi vocación: investigar y enseñar. Años más tarde, y de nuevo gracias a la generosidad de la UNAM, pude desarrollar mis estudios de posgrado en el extranjero.

Con la UNAM solo tengo deudas. De ella recibí formación, amigos, trabajo, estética y valores. En sus espacios aprendí que vivíamos en un país diverso, abierto al mundo, plural y desigual. También entendí que la crítica era inherente al conocimiento, y que el diálogo con los “otros” era el método indispensable para disentir y convivir.

Esta, que es mi historia, puede multiplicarse por miles de otras biografías. Generaciones enteras que han sido marcadas por la UNAM. Por eso me indignan los dichos de las mañaneras. Con mis colegas del Instituto de Estudios para la Transición Democrática digo que: “Solo desde el desconocimiento más burdo de lo que es y debe ser una universidad, se pueden realizar descalificaciones tan sesgadas y penosas como las enunciadas” por el presidente López Obrador”.

Pero no se trata de un hecho aislado. Cada mañanera suma al rosario de descalificaciones que construyen una narrativa que, simplificando o con verdades a medias, busca oponer y confrontar. Se trata de un guión que han utilizado los populismos en el mundo. Recordemos la suerte de las universidades, las y los universitarios en Turquía, Hungría o Brasil.

No participemos en este juego perverso. Resistamos a caer en la tentación de responder con otra andanada de descalificaciones. Hoy, más que nunca, debemos reivindicar fieramente el diálogo. Rebatir todos los días, con argumentos, razones y hechos, las provocaciones de las mañaneras. Hay que multiplicar y amplificar las voces críticas que —no conservadores— capaces de reconocer que en el pasado no logramos resolver la desigualdad, pero que no existe futuro sin inclusión.  

Existe un frágil lindero que separa el discurso polarizante de la violencia. Por eso, López Obrador juega al aprendiz de brujo en sus mañaneras. Legitimada la acción por la superioridad moral del “pueblo” se anula cualquier conversación y se abre la puerta al uso de la fuerza, simbólica o física, que se traduce en el espectáculo público para humillar y aniquilar al adversario. Hace unos días, Ricardo Raphael en Milenio lo expuso con claridad: “La política del resentimiento es simplista y simplificadora, pero suele ser enormemente eficaz para causar daño”. Y las víctimas podemos ser todos.

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