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Artículo publicado en Milenio, el día 17 de marzo del 2021.

El Colegio Nacional es una institución entrañable. Fundado en 1943 por el presidente Ávila Camacho, entre sus miembros se encuentran algunas de las mentes más lúcidas y creativas del país (de Alfonso Caso y Alfonso Reyes a Carlos Chávez, Diego Rivera o Ignacio Chávez). Hoy, el Colegio suma 40 personas —científicos, médicos y artistas— que honran su vocación de constituir una institución pública dedicada a la divulgación gratuita y abierta de la cultura científica, artística y humanística.

Hace unos días ingresó al Colegio Nacional el antropólogo e historiador Claudio Lomnitz. En su lección inaugural tomó el toro por los cuernos y disertó sobre la violencia. Su lectura cimbra lugares comunes y abre nuevas perspectivas. Sintetizo uno de sus más perturbadores pero poderosos argumentos.

El punto de partida fue revisar la idea de que vivimos una “guerra contra las drogas”. Esta “guerra” no lo es porque no tiene fin. Y no puede tenerlo porque es imposible vencer a un enemigo que es, a la vez, “veneno, cura y chivo expiatorio”. Se trata de una guerra que “tiene en realidad una finalidad ritual” que “hace posible que la sociedad ignore las causas de sus muchos males”.

Con base en estudios recientes de antropología política, Lomnitz argumenta que “la soberanía no tiene por qué ir de la mano de todo el paquete de atributos que usualmente asociamos con el Estado”. En el México contemporáneo, “el Estado se ha despojado de algunos de sus atributos clásicos, y para eso a veces imaginamos nuestra violencia como síntoma de un Estado fallido, cuando deberíamos pensarla como un rasgo de un nuevo tipo de Estado”.

Así, hoy tenemos un Estado con mucha soberanía, pero poca capacidad administrativa (especialmente en la administración de las policías y de la justicia criminal). En un Estado así, dice Lomnitz, “la violencia se vuelve un elemento ordenador de los territorios”. Y quien encarna esta realidad de mucha soberanía y poca administración son las fuerzas armadas. El Ejército es el representante por excelencia del poder soberano y del uso de la violencia soberana. Por eso “nuestra violencia es un síntoma de un nuevo Estado, que aún no sabe o no quiere nombrarse a sí mismo”.

La relectura de Lomnitz abre nuevos espacios —a veces incómodos— para entender nuestra violencia. Nos recuerda que es una constante de nuestra historia —la conquista fue un acto fundacional profundamente violento— y nos obliga a repensar las estrategias para contenerla. Y no es un camino de soluciones fáciles.

Posdata. La violencia ritual también se ejerce desde el púlpito presidencial. Desde ahí se lanzó una andanada contra los jueces cuyas conclusiones difieren del proyecto presidencial. En el “nuevo Estado” parece no haber lugar para la disidencia. Entramos en una ruta muy peligrosa.

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