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Artículo publicado en el periódico Milenio el día 6 de enero del 2021.

El Año Nuevo cierra un ciclo e inicia otro; el de la rotación de la Tierra alrededor del Sol. Desde las primeras civilizaciones, este tránsito fue objeto de culto y transformación. De ahí los buenos deseos y el ánimo renovado con el que iniciamos el año. Pero los ciclos de los fenómenos sociales difícilmente se acoplan al ritmo cósmico. Por ello, una mirada fría al momento histórico que atravesamos nos obliga a reconocer que los retos de 2021 serán tan complejos como los de 2020, aunque quizá no tan inesperados.

Empecemos por la pandemia. Lejos de estar controlada, observamos un crecimiento esperado en el número de casos que ha puesto al borde del colapso a nuestro frágil sistema de salud. La suma de acciones y omisiones, responsabilidad de todos, han generado un escenario que muy probablemente se agravará en el curso de las próximas semanas.

Cierto, la vacuna abre un horizonte temporal relativamente corto para empezar a controlar el problema. Pero también es cierto que hay muchas interrogantes sobre los cursos de acción que adoptará el gobierno para asegurar un plan de vacunación viable y articulado. Los retos son enormes. Y existe poca información pública que nos permita tener claridad sobre lo que sucederá.

El impacto negativo del covid-19 en la actividad económica es una segunda dimensión del panorama para 2021. De acuerdo con Inegi, la estimación oportuna del PIB registró un retroceso real de 8.6 por ciento en el tercer trimestre de 2020 en comparación con el mismo periodo de 2019. Esta caída tendrá consecuencias inmediatas en la pérdida de empleo y el incremento en los niveles de pobreza.

Al respecto, las estimaciones de Coneval muestran un panorama muy poco favorable para el empleo y admiten una profundización de la pobreza y la desigualdad (bit.ly/3hMqpig). Revertir esta situación requeriría de políticas públicas enérgicas que acoten el efecto de la crisis sanitaria. Estas, lamentablemente, no están a la vista.

Persisten también las violencias estructurales que, al menos desde 2006, azotan al país. Según datos oficiales de enero a noviembre de 2020 se contabilizaron 31 mil 781 homicidios en el país. Aunque probablemente 2020 tendrá en número menor de homicidios, la cifra es enorme y el problema no tiene visos de solución.

Como hemos repetido en innumerables ocasiones, el recurso de facto a la militarización de la seguridad pública es extremadamente problemático, y no hay indicios de que exista el ánimo de revertir esta situación. Peor aún, constatamos un incremento deliberado de las responsabilidades de las fuerzas armadas en tareas propias de la autoridad civil. Esto, además de violentar directamente a la Constitución, supone un riesgo enorme para el futuro inmediato del país. Por ello urge una reflexión sobre este curso de acción.

Por lo expuesto y muchas otras razones, 2021 será un año difícil. Preparémonos.

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