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Revista “Gatopardo”, sección Columnas, publicada el 22 de septiembre de 2021.

¿Cuántas veces hemos escuchado que los políticos nos hablan de su decisión de someterse al “juicio de la historia”? O, en alguna de sus variantes, que ¡será la historia la que habrá de juzgarlo! Bien se trate de gobernantes de izquierda o de derecha, hemos asistido al grave anuncio del sometimiento a ese algo indeterminado que le llaman Historia. Concebida así, con mayúscula, quieren para denotar tanto que se ha dado un paso a fondo, como que se es consciente de lo que se está haciendo. Que se ha arriesgado o se está en actitud de arriesgar mucho, esperando la severidad de la sentencia que, al parecer indefectiblemente, habrá de pronunciarse a su favor. El anuncio parece advertir también sobre la actitud para arrostrar todas las adversidades que puedan sobrevenir. Que en el desplante no hay cobardía, dudas o asomos de vergüenza por lo que se está haciendo o se va a hacer, pero tampoco soberbia. Todo lo contrario. Que lo único que hay en ese señalamiento, es el sereno orgullo de saber que se tiene razón y que ello, a pesar de las adversidades presentes, solo será apreciable en un tiempo por venir. Supongo, que cuando las cosas adquieran la perspectiva que los hombres y las mujeres del presente no pueden darle, sea por sus límites, sus cobardías o sus terrenales envidias o intereses.

Al pronunciar tan consabida frase, el transmisor suele encontrarse en ejercicio del poder o, al menos, lo ha estado recientemente. Es desde esa tribuna pública desde la cual habla y espera ser escuchado. Desde ese sitial es desde donde ha podido comprender la magnitud de su obra y, también, las pobrezas de quienes le reclaman o dudan de lo que se hizo o está por hacerse. Colocado en su pedestal, cuestionado o de plano atrapado por la crítica, es que se decide lo que supongo es una especie de paso al frente. Un gesto de arrojo para apelar a lo que en esos momentos críticos se entiende como el último juez. Una entidad conformada por la humanidad, pero trascendente a ella misma. Un cuerpo compuesto de complejos y distintos elementos, todos ellos sabios y trascendentes, hecho para juzgar a todos, desde luego con severidad y justicia.

Las invocaciones a la absoluta capacidad juzgadora de la Historia han sido utilizadas por muy disímbolos personajes. Señalo solo algunos ejemplos recientes. A Díaz Ordaz después de octubre del 68. A Fidel Castro en el proceso que se le siguió en 1953. Al entonces director del FBI, James Comey, al dar a conocer los correos de Hillary Clinton en plena campaña electoral. También a quien fuera director de Tránsito del Municipio de Cárdenas, Tabasco, al ser despedido del cargo en junio de 2019. La lista podría continuar. Lo único que mostraría son cambios de personajes y la composición de los contextos. En el fondo siempre se está ante la misma advocación.

A fuerza de repetirse, el pronunciamiento por el juicio de la Historia ha perdido, si no sentido, sí al menos gravedad. Salvo que se esté ante una situación de dificultad extrema, y exceptuando a los directamente involucrados, es muy poco lo que ya nos significa la frase. Sin embargo, esto no debiera ser así. Su uso es de gran valor para comprender varias cosas. Muchas de ellas de importancia, dada la posición de quien la pronuncia y las posibilidades que desde su privilegiado sitio tiene para afectar nuestras vidas.

Desde luego, está el tema del sujeto mismo. Quien decide someterse al juicio de la Historia, se considera en una posición particular. Nadie que no se sienta en una situación relevante o se imagine a sí mismo como especial, recurriría a tal expediente. Después, está el asunto del contexto. Aun cuando alguien se considere por demás relevante, no se somete todos los días, en todos sus actos, a tan serio juicio. Lo hace cuando estima que está ante una situación tan específicamente seria, que tiene que someterse a un algo que trascienda a su cotidianeidad. En tercer lugar, está el tema de las razones de la invocación. ¿Qué determina que alguien que se asume como poderoso o relevante, decida que, en una situación específica, su persona y sus actos deben ser sometidos a tan serio juicio? Las respuestas pueden ser variadas. La incomprensión a la grandeza personal, la ceguera ante la relevancia de la obra emprendida o la advertencia de lo que de miserable hay en las oposiciones, por ejemplo. Hecho el diagnóstico, la respuesta se dispara. Todos los obstáculos, todas las pequeñeces, todos los límites tienen que ser enfrentados y arrastrados –o lo fueron ya— porque la voluntad impositiva no puede detenerse. Bien se trate de normas jurídicas, de usos y costumbres o de meros y transitorios intereses, lo que va a hacerse –o ya se hizo— no puede detenerse. Tan se tiene que hacer y hacerse como el poderoso lo determine, que es necesario escapar al tiempo presente y a sus limitantes. Es esencial ir más allá. Hasta donde sea necesario. Hasta someterse al juicio final. Al de la Historia misma. Al de la humanidad hecha experiencia. Hasta ponerse frente a lo único que se admite como seguro, imparcial y total: el juicio de los hombres que habrán de sobrevenirnos y, se supone también, habrán de tener la perspectiva, la sabiduría y la generosidad suficiente para poner a cada cual en su lugar.

Como persona interesada en trascender en la Historia, Andrés Manuel López Obrador ya se sometió a su juicio. Hace algunos días dijo: “Ahora sí que la historia nos juzgará, y hay que esperarnos porque falta mucho”. Este paso era inevitable. Lo único sobre lo que había duda era cuándo lo habría de hacer, en qué contexto y, más difícil de determinar, por qué razones. El tiempo fue la mitad de su periodo presidencial. No tanto por el transcurrido, sino por el que está por transcurrir. El juicio de la Historia al que quiso someterse es, por lo mismo, el de las conductas que habría de realizar a partir de entonces y no el de las realizadas hasta ahí. Las razones, por el conocimiento de que mucho de lo ya intentado no se ha conseguido de la manera prevista pero que, aun así, lo que sigue se logrará con base en las mismas ideas. El problema, finalmente, no está en lo pensado ni en lo deseado, sino en las malas implementaciones y, más aún, en las conjuras hechas para desviar al hombre de su manifiesto destino.

En el sometimiento de las personas al juicio de la Historia –se trate de López Obrador o de cualquier otro personaje— hay elementos comunes que conviene destacar. El primero de ellos es la idea misma de la Historia como gran juzgadora. Desde luego, una reminiscencia de un juicio final en el que todos habrán de recibir lo que merecen, para siempre. Que el juicio de la Historia tenga notas seculares, no evita la permanencia de una moral entendida en condiciones de universalidad. De una Moral que, por esta cualidad, finalmente habrá de imponerse para ser realizada por las personas que hayan de actuar como instrumentos de la Historia.

Como lo dice Joan Wallach Scott (On the Judgment of History, Columbia University Press, 2020), de lo que parte la idea del juicio de la Historia es de la aceptación de que el devenir humano tiene un fin en sí mismo y este es moral. Por ello, si todo avanza indefectiblemente hacia él, todo está hecho para que ese fin se logre, es posible considerar a cada acto como propicio o contrario a su realización y así, finalmente, estar en posibilidad de juzgar los actos de quien ha resuelto someterse al juicio de la Historia.

López Obrador lo ha hecho. Ha decidido que él, su movimiento, sus acciones, su biografía misma, no puede ni debe ser entendida conforme a los parámetros de hoy. De quienes estamos gobernados por él, por las normas que los órganos representativos han establecido o que los juzgadores han determinado al resolver conflictos. Ha decidido que él solo puede estar sometido al juicio moral de la Historia y que ello, necesariamente, no se ha de dar pronto. Como lo suyo es la trascendencia, solo ésta podrá juzgarlo. La Historia es esa trascendencia, moral y definitiva a la que ha decidido someterse.

Los problemas de y con esta decisión son serios. ¿Esa Historia es universal o nacional? Si lo primero, los parámetros son altos, pues con ellos han sido juzgados Hitler, Stalin o Churchill, por señalar a tres recientes contemporáneos. Si es la nacional, como creo que es, los estándares son ya otros. Precisamente los de las figuras representadas en la imagen que quiere contener al movimiento transformador que el propio López Obrador encabeza. Teniendo a la Historia nacional como gran parámetro de juicio, ¿qué es lo que él quiere someter a juicio? No son sus cotidianas conductas individuales, su ir y venir por Palacio Nacional, sus horas de sueño o sus conflictos familiares. Son las decisiones tomadas y las conductas realizadas para lograr la transformación del país entero, tanto de los usos y costumbres de la política, como de las prácticas y mentalidades de las personas. Todo lo que él haya hecho –y dejado de hacer— en aras de esa transformación, es lo que finalmente someterá al juicio de la Historia. Al hacerlo, no solo pondrá sobre la balanza de esa justicia la totalidad de sus actos de gobierno, sino también a su persona misma. A sus posibilidades de ser insertado en la historia nacional al haber sido absuelto y reconocido en el gran juicio de la Historia.

Con independencia de que la Historia se piense como y desde la trascendencia, lo cierto es que el veredicto sigue siendo terrenal. Salvo que de plano se esté pensando en las revelaciones apocalípticas, serán los hombres y las mujeres del futuro quienes emitan el juicio de la Historia. Quienes determinen si, en efecto, lo que hoy se está haciendo por López Obrador merece o no tener un sitio en la historia y, en su caso, de qué signo. Advertir lo terrestre de las condiciones del proceso al que se ha sometido, es lo que explica la manera en la que el propio López Obrador está trabajando en la construcción de las condiciones historiográficas que habrán de sobrevenirlo. Es decir, no solo está trabajando en la historia para tener su lugar, sino también en las condiciones mediante las cuales esa historia será narrada y construida.

La historia es, desde luego, un proceso humano irrepetible. Las condiciones personales, situacionales, atmosféricas, culturales y todos los demás eventos que concurren en un determinado momento, no pueden volver a darse. Lo único que queda es reproducirlos no ya como fenómenos, sino como narrativas. Contar lo que ellos fueron. Por lo mismo, quien se apodera o, menos dramáticamente, influye en las narrativas, determina el número, sentido y tal vez hasta el valor de los acontecimientos no como repetición, sino como reproducción.

En lo que espera sea el juicio de la Historia sobre él, López Obrador no aguarda paciente y milenarista la sentencia. Trabaja activamente para ordenar los factores que estima pueden reconocerle su tan ansiado destino. No es trivial que algunos de los sujetos que más han recibido sus ataques, son aquellos cuyas narrativas critican, compiten y cuestionan ya al personaje y sus obras, y que en el deseado juicio, pueden colocar elementos negativos en la balanza con la que habrá de ser juzgado. El que hay ya una competencia por y en la historia, es evidente. El que también la hay en la construcción de las narraciones que están construyéndose sobre aquella, lo es un poco menos.

Para quien se ha insertado en la búsqueda de trascendencia histórica, es poco lo que el tiempo y las circunstancias presentes puedan decirle. Prácticamente todo lo que acontezca a su alrededor va a quedar instrumentalizado a sus pretensiones. Las personas, las normas, las ideas y mucho de lo que es humano, será desplazado por los objetivos elegidos consciente o inconscientemente. El conjunto de lo instrumentalizado será puesto a disposición de lo que se supone es una juez severa e imparcial a la cual habrá que rendirle cuentas. Para los que acompañamos en el viaje a quienes buscan la trascendencia, no nos queda más remedio que exigirles que sus cuentas las rindan aquí en la tierra. Que lo hagan conforme a las normas y reglas que a todos nos rigen. Que limiten sus actos de escapismo y se queden aquí con nosotros. Que no nos digan lo que suponen será un juicio futuro, sino que más llanamente se sometan al que cotidianamente cada uno de nosotros podemos expresar. Para todo ello y por modesto que de suyo pueda parecer, exigir el pleno cumplimiento de lo que el derecho establece, es un buen principio. No la justicia entendida como nueva evasión del presente. Solo, en principio, el modesto y terrenal derecho. Este que, con todo y sus limitaciones, hemos podido ir construyendo en democracia y contiene las bases para su expansión y mejoramiento conforme a los ritmos y tiempos que las mayorías y las minorías vayan determinando.

En nuestro orden jurídico hay un amplio catálogo de derechos humanos, distintas vías para ejercer la democracia, la previsión de un modelo de economía mixta y las bases para la redistribución de la riqueza mediante el sistema impositivo y de gasto gubernamental, el reconocimiento de un gobierno republicano y laico, un sistema razonable de división de poderes y de frenos y contrapesos, mecanismos de protección de derechos, las líneas bases de la distribución territorial del poder, un modelo de combate a la corrupción y protección del patrimonio nacional, la limitación del papel de las fuerzas armadas y las formas de modificación del propio orden jurídico. ¿No es más deseable que le exijamos a nuestros gobernantes, el presidente de la República incluido, que se sometan cabalmente al cumplimiento de estas concretas normas y no al eterio, metafísico y ventajoso juicio de su historia?

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