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Artículo publicado en El Universal, el día 21 de septiembre de 2021.

La reciente reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), ha dado mucho de qué hablar. Se han destacado algunos aspectos positivos pero, sobre todo, los negativos. Los problemas generados por el lugar asignado a los presidentes de Cuba y Venezuela, y las intervenciones de los de Paraguay y Uruguay. También, por la baja posibilidad de que ese organismo sustituya a la Organización de Estados Americanos, como lo planteó el presidente López Obrador. Más allá de elementos anecdóticos, llama bastante la atención la pobreza de los acuerdos en materia migratoria. Uno de los problemas más apremiantes de nuestra región.

En la lista final de los compromisos, únicamente se acordó lo que ahora resumo. Primero, la reafirmación del compromiso de protección a los derechos humanos de las personas migrantes y la promoción de esfuerzos regionales de gobernanza migratoria. Segundo, el llamado a la intensificación del trabajo coordinado para manejar los movimientos migratorios. Tercero, el rechazo a la criminalización de la migración irregular y de toda forma de discriminación e intolerancia a las personas migrantes y solicitantes de refugio. Cuarto, el reconocimiento de que esas acciones y el intercambio de información, permitirán concretar “… de forma exitosa, los procesos migratorios que optimicen el desarrollo de los países de origen, tránsito, destino y retorno”. Quinto, el reconocimiento de “… los esfuerzos institucionales e iniciativa conjuntas orientadas a fortalecer los sistemas de protección internacional de los países de tránsito y destino en toda la región para garantizar el derecho de las personas a solicitar protección internacional acorde al derecho internacional de los refugiados”.

Tomados en serio, ¿qué resulta de estos compromisos? Desde luego, la posposición de las acciones pertinentes para enfrentar el fenómeno y, sobre todo, proteger a las personas migrantes. Los verbos utilizados en los compromisos así lo denotan. ¿Qué puede lograrse cuando las acciones a tomar estarán determinadas por reafirmaciones, rechazos, llamados y reconocimientos? Además de lamentable, es curioso que los jefes de Estado hagan llamados, cuando ellos son responsables de buena parte de las tareas requeridas para enfrentar el problema. Ahí donde debería haber propuestas de mecanismos, órganos, procesos y protocolos, hay proclamas.

A lo que de por sí tuvo de peculiar la cumbre de la CELAC, hay que agregar las omisiones en materia migratoria. No hay diferencias entre el antes y el después de ella. Los flujos seguirán su marcha tal como venían dándose. Las devoluciones tendrán la misma mecánica. Las fuerzas de seguridad –incluida nuestra Guardia Nacional— seguirán imponiendo medidas coactivas o dando lugar –por acciones u omisiones— a violaciones a los derechos humanos.

En el recuento, queda la idea de que las élites gubernamentales de la región –da igual si de izquierdas o de derechas— se reunieron, una vez más, para trasladar a un plano regional sus particulares agendas nacionales. Para decir afuera lo que quieren que se escuche dentro. Nada más. De otra manera hubieran preparado los trabajos conjuntos y las intervenciones individuales. Con prospectiva, decoro y eficacia. No solo en del tema migratorio, sino también de otros de común relevancia. La falta de consensos no solo se dio por las evidentes distancias ideológicas. Se dio también por la ausencia de propuestas a las cuales era posible concurrir. ¿Qué ideas hay en el horizonte de la migración que mínimamente pueda convocar a los estados de la región a realizar algún tipo de trabajo conjunto?

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