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Artículo publicado en el diario El País, el día 20 de julio del 2021.

En una colaboración anterior (3 de abril de 2019) expresé las razones para designar a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador como perfomativa. Para ello tomé como sustento las investigaciones de John L. Austin sobre el lenguaje. Llamó “performativas” a las expresiones que al emitirse realizan el hecho que expresan. Al efecto, puse el ejemplo del sacerdote que al declarar a una pareja casada bajo cierto rito, lograba su incorporación a la correspondiente religión y su comunidad. Lo que para Austin caracteriza a estos enunciados es su condición “realizativa”, es decir, que sus efectos dependan de la posición de quien los emite, la situación en la que lo hace y la común aceptación de las reglas que la posibilitan.

Con base en estas consideraciones, discurrí que, efectivamente, los ejercicios realizados por el Presidente en los primeros meses de su mandato, tenían esas características. Por ejemplo, cuando afirmaba que la asociación entre delincuentes y autoridades había concluido, no estaba dando noticias de una situación, sino ordenando la conformación de la realidad de acuerdo con sus palabras. De la misma manera, cuando dijo que el tráfico ilícito de los hidrocarburos había concluido o que la pandemia había sido domada, estaba asumiendo la condición “realizativa” de su propio lenguaje.

Aun cuando la performatividad presidencial se mantiene, su sentido ha variado sustancialmente en los últimos meses. A comienzos de su administración, lo que el Presidente hacía era anunciar el modo en el que la realidad se estaba conformando. Ello tenía un signo constructivo. Su decir suponía que lo que fuese a suceder ya era o iba a ser como él lo estaba diciendo. Tal vez por tratarse de los tiempos en los que era fácil estar a la ofensiva dada la caracterización que había hecho del pasado y las expectativas que sobre su régimen existían, asistíamos al anuncio de realizaciones. La grandeza de Pemex, el control de la delincuencia o la excepcionalidad de la relación con los Estados Unidos, por ejemplo. Ahora que se acerca el fin de los tres primeros años de gobierno, la performatividad ha adquirido un signo negativo. El presidente López Obrador ya no anuncia lo que va a suceder, sino que niega lo que está sucediendo. Pasamos de “la realidad es así porque yo lo digo”, a “la realidad no es así porque yo lo digo”. La condición “realizativa” no ha desaparecido. Simplemente, en la actualidad se hace con pretensiones negativas.

Lo que me parece que determina el cambio son las condiciones de lo que en verdad existe en el país. En los primeros años, el Presidente creía que era posible hablar como si la realidad fuera a ajustarse a sus mandatos. En la actualidad, con las cifras oficiales en materias como inseguridad, desempleo o pobreza, lo que se está haciendo es desconocer lo que está pasando bajo la lógica constitutiva de la palabra. Más allá de génesis y psicologías subyacentes, los ajustes presidenciales a los que asistimos son visibles. Pasamos de unas pretensiones constructivas, de aquello que iba a suceder, a otras de denegación, de aquello que no está aconteciendo. La importancia del cambio habrá de trascender en el modo de ejercer el poder y, con ello, de concebir y elaborar las políticas públicas y las normas jurídicas que, en su caso, pretendan instrumentalizarlas. ¿Qué tipo de ejercicio de gobierno es previsible que se realice por parte de quien no ve la verdad y toma sus decisiones no solo negando la realidad sobre la cual tiene que gobernar, sino asumiendo que la misma está constituida a partir de la misma negación?

Lo que desafortunadamente es posible vaticinar, es que el estilo personal de gobernar que veremos en los próximos años será crecientemente complejo. Al suponerse que la palabra tiene un efecto conformador de la realidad, seguirán sin apreciarse matices, obstáculos, adversidades y problemas, o se apreciarán unos distintos a los existentes. Las soluciones que se construyan serán, tristemente, para enfrentar un mundo paralelo o una realidad virtual. La dimensión negacionista del performativismo nos producirá muchos daños. No sé para qué alcancen nuestros ya de por sí limitados y afectados frenos y contrapesos institucionales.

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