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Artículo publicado en el periódico Milenio, el día 7 de julio del 2021.

El presidente López Obrador inició una nueva sección en sus conferencias matinales: “Quién es quién en las mentiras de la semana”. El asunto generó fuertes reacciones. Entre muchas otras, Carmen Aristegui afirmó que este ejercicio era un “absoluto despropósito”. Pedro Vaca, relator especial para la libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, pidió al gobierno mexicano reconsiderar este espacio. Ricardo Raphael, escribió en MILENIO que periodistas y defensores de derechos humanos estaban siendo estigmatizados.

¿Por qué este ejercicio ha causado tanta polémica? En principio, combatir la desinformación que generarían algunos medios de comunicación es un propósito loable. El problema aparece cuando examinamos algunos de sus supuestos detrás de este espacio.

El primero es que el Presidente ejerce su “derecho de réplica” y su “libertad de expresión”. Error. Los derechos y libertades se otorgan a las personas justamente para ejercerlas frente al poder público y permitir el libre flujo de información, el debate y la crítica.

Las autoridades, cuando actúan con esa calidad, no tienen derechos, sino ejercen facultades y cumplen con obligaciones. En este sentido, el Presidente acierta cuando afirma que quiere combatir la desinformación. Jurídicamente tiene la obligación de informar de sus acciones y resultados.

Pero la información que se genera desde el gobierno está sujeta a estándares rigurosos de calidad y objetividad. La “mentira” no se combate con adjetivos y descalificaciones, sino con información oportuna, completa, verificable, documentada y pública.

Un segundo supuesto es que la matutina es un ejercicio que se da en un espacio entre iguales. Cuando el Presidente hablaba como líder de oposición, ciertamente ejercía su derecho de expresión. Pero el voto le otorgó una condición radicalmente distinta. Ahora es el titular del Poder Ejecutivo y el jefe de la administración. Su comunicación, por tanto, se da en un espacio asimétrico que se construye desde el poder.

Por eso, la mañanera no es un espacio neutro, y cuando se convierte en un tribunal de la prensa que establece qué es cierto y qué es mentira, cuando se exhibe a medios y periodistas en un espacio de poder público, estamos a un paso de la censura indirecta y del discurso que estigmatiza, excluye y genera violencia. Este es el enorme riesgo que implica este ejercicio. Nadie quiere un Presidente callado ni periodistas intocables. Pero el diseño de las libertades tiene los mecanismos correctivos. La pluralidad en los medios, el debate de ideas, información gubernamental de calidad, un derecho de réplica efectivo, el debate partidario y hasta la propaganda política contribuyen a ello. Ojalá la convicción democrática del Presidente se imponga y permita rectificar el rumbo.

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