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Artículo publicado en La Silla Rota, el día 19 de julio del 2021.

Cuando se convoca a votar por el “sí” a la consulta, agregando que con eso se enviará a los expresidentes a la cárcel, se hace demagogia.

En este caso, la demagogia no es un calificativo sino una categorización.

En la reflexión sobre la política, la demagogia es una forma de gobierno. Aristóteles (“Ética a Nicómaco”) la caracterizaba como una desviación de la democracia en la que no rige la soberanía de la ley, sino un poder caprichoso que invoca a la masa. Que se tenga en mente al marcar el “Sí” la imagen de los villanos, es una forma de instigación.

El resultado previsible es la mayoría del “Sí”, de lo que se derivará que es el pueblo, y no el cumplimiento de la ley, el detonante de posibles acciones legales.

Por clara, vale citar la descripción que Wikipedia hace de la demagogia: “una estrategia utilizada para conseguir el poder político que consiste en apelar prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público para ganar apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica, la desinformación, la agnotología y la propaganda política”.

En estricto sentido, la consulta del próximo 1 de agosto no es para decidir si se envía o no a los expresidentes a la cárcel.

La consulta se explica (o no) con el propio texto de la pregunta:

“¿Estás de acuerdo o no en que se lleven a cabo las acciones pertinentes con apego al marco constitucional y legal, para emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos, encaminado a garantizar la justicia y los derechos de las posibles víctimas?”

La vaguedad del texto redactado en la Suprema Corte, deriva precisamente de la necesidad de eludir la inconstitucionalidad de la pregunta que originalmente presentó el Ejecutivo:

“¿Está de acuerdo o no con que las autoridades competentes, con apego a las leyes y procedimientos aplicables, investiguen, y en su caso sancionen, la presunta comisión de delitos por parte de los expresidentes Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto antes, durante y después de sus respectivas gestiones?”

La imagen de los expresidentes con los ojos ocultos bajo una banda negra a la manera de las personas sujetas a proceso, convocando al Sí, es una forma de propaganda que vuelve a colocar en el imaginario la pregunta rechazada por la Corte. La imagen es una falsa representación de lo que la consulta es en la realidad, desinforma y manipula.

Se está ante una propaganda que no convoca al cumplimiento de la ley, de la forma en que una democracia debería tener para acusar, juzgar y, en su caso, sancionar a quienes cometan delitos. La democracia y no la demagogia, no requiere de consulta para iniciar los anticlimáticos procesos judiciales.

La propaganda va dirigida a convocar al profundo sentimiento de injusticia que justificadamente se encuentra arraigado en la población. Convoca a las emociones y al hacerlo juega con las expectativas y las esperanzas de que se haga justicia. De hecho, es contraproducente porque convierte a los expresidentes en perseguidos políticos y se les mejora las defensas en juicio. El uso demagógico de la consulta pone en riesgo su propio fin. Importa más su efecto propagandístico que el resultado. Es un sabotaje a la justicia como proceso que racionaliza al poder en una democracia.

Pervierte a la justicia como proceso institucionalizado porque politiza –en la lógica amigos/adversario– a las instancias de investigación y de inteligencia del Estado.

La propaganda aliena el sentido de la consulta popular, le priva de su sentido de participar en la toma de una decisión a ser instrumentalizado por el poder de la forma que más le convenga, para hacerlo pasar como una decisión ciudadana. La propaganda convoca a decidir sobre la nada, sencillamente porque para investigar y procesar a cualquier persona no se requiere de ninguna consulta. La consulta como expresión de una democracia participativa es apropiada por el poder.

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