El juicio de Cristo. ¿Por qué lo crucificaron?

Artículo publicado en Animal Político el día 10 de abril del 2020.

Desde la perspectiva legal, la crucifixión de Jesús es solo imputable a Poncio Pilatos. Los cuatro evangelios dan cuenta de su pasión, muerte y resurrección, sin dejar en claro, no obstante, quiénes y por qué lo condenaron. Esos documentos, junto con las crónicas de Flavio Josefo y Filón de Alejandría, son las principales fuentes para la reconstrucción de los hechos.

En lo jurídico, las investigaciones de abogados cristianos, ateos y judíos están bien documentadas. Pero sus conclusiones no son terminantes y dejan margen a la especulación. Algunas preguntas quedan en el aire:

  1. a) ¿De qué delitos se acusó a Jesús? ¿De blasfemia, al ostentarse ante los judíos como hijo de Dios, o de insurrección, al contraponerse y desmitificar la divinidad atribuida al emperador romano?
  2. b) ¿Se le condenó, acaso, porque se le identificaba –real o falsamente– con los Zelotes, un grupo de rebeldes que se oponían a la dominación de Roma?
  3. c) Si Jesús fue sentenciado por Poncio Pilatos, gobernador romano en turno, ¿qué papel tuvo el Sanedrín, el tribunal integrado por 71 sabios judíos? ¿O fue sometido a un doble juicio?
  4. d) La razón para llevarlo ante el tetrarca judío Herodes Antipas –hijo de Herodes El Grande, el que ordenó la matanza de los inocentes–, ¿fue para juzgarlo también?
  5. e) ¿Quiénes ejecutaron la crucifixión, los judíos o los soldados romanos?

Desde el punto de vista teológico, lo trascendente es que la pasión, muerte y resurrección de Cristo consumó la redención de los pecados del mundo. El sacrificio del hombre justo fue resultado de un juicio injusto, con una pena de muerte ordenada y ejecutada por hombres también injustos. Pero, legalmente, ¿cómo se ejecutó el deicidio?

La primera conclusión es que la muerte por crucifixión era una pena exclusiva de la jurisdicción romana, sancionada en las leyes en casos de insurrección y rebeldía en contra del emperador de Roma, Tiberio. El Sanedrín solo tenía poder para castigar la blasfemia mediante lapidación, decapitación y degüello.

Los historiadores coinciden en que Jesús fue condenado por el gobernador romano y en aplicación de las leyes de Roma, y que la pena fue ejecutada por soldados también romanos.

El rol del Sanedrín es confuso: no se sabe si actuó por iniciativa propia como parte acusadora ante Poncio Pilatos, o bien, si este le encomendó la detención de Jesús. Una versión distinta de los historiadores es que Cristo fue sometido a un doble juicio –romano y judío– y que en ambos se le sentenció a muerte, aunque prevaleció la modalidad romana de la crucifixión.

La narrativa de los evangelios es consistente en presentar a Poncio Pilatos como un hombre falto de carácter, débil y pusilánime, manipulable por la turba judía y por su esposa Claudia Prócula. Lo refrendan los pasajes del lavado de manos –una práctica religiosa que nada tenía de romana–, la liberación de Barrabás, la inexplicable remisión de Jesús a la jurisdicción de Herodes y la frase “soy inocente de la sangre de este justo”. Los motivos del cristianismo para mostrarlo de esta manera se explican por la necesidad de congraciarse con Roma en los primeros años y exculpar al imperio de la muerte del Mesías (recuérdese que los evangelios fueron escritos entre los años 70 y 120 d.C.).

La reconstrucción histórica de Poncio Pilatos dista de esa imagen. Los hechos corroboran que fue un gobernador arbitrario, corrupto y rapaz, que desdeñaba profundamente a los judíos y se mofaba de su religión. Para él, aplicar la pena de muerte era un simple trámite y, para muestra, las dos matanzas colectivas de judíos que ordenó. En el año 36 d.C., destituido del cargo, tuvo que comparecer ante el emperador Tiberio para rendir cuentas de sus atropellos. Por eso es difícil pensar que, para condenar a Jesús, Poncio Pilatos se haya dejado llevar por la exigencia de la muchedumbre: “Crucifícalo, crucifícalo”.

En la liturgia católica del Viernes Santo, durante casi cuatro siglos –de 1570 a 1959– prevaleció el rezo por los “pérfidos judíos” y se imploró a Dios que escuchara “nuestra plegaria por la obcecación de aquel pueblo para que sea liberado de las tinieblas”. Palabras lapidarias que, sin duda, fueron una de las bases del antisemitismo construido sobre una premisa jurídica falsa.

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