De riesgos, daños y cuidados

Artículo publicado en La Silla Rota el día 11 de agosto del 2020.

 

La pandemia es un problema de salud pública que activa los deberes que el Estado tiene respecto a su población.

“La gente no entiende”, “el gobierno se desentiende”, “usa cubrebocas”. Las anteriores y otras expresiones son cotidianamente expresadas en la conversación cotidiana o en el debate público. En las calles es posible apreciar el más variado comportamiento: quienes usan cubrebocas, quienes además usan guantes o se protegen los ojos; o bien establecen medidas de sanitización al ingresar en sus establecimientos. Los mensajes públicos también son diversos, contrastantes y aun contradictorios. Mientras el gobierno de la Ciudad de México insiste en la importancia de usar cubrebocas, el gobierno federal lo soslaya y todavía más, los demoniza.

El número de contagios aumenta, el número de muertos también. La pandemia causa daños. A mayor número de contagios, de personas que requieran de servicios médicos, el riesgo aumenta.

Hay daños y riesgos. El daño es el mal o desgracia que alguien resiente. El riesgo es la probabilidad de que un daño se produzca. Cuando nos enfrentamos ante un daño se requiere tratarlo para sanar, si esto es posible. Cuando existe un riesgo, se busca evitarlo, y, si también es posible, extinguirlo.

Tratar el daño o evitar el riesgo es una actitud razonable entre los seres humanos. Una natural predisposición para la autoconservación, por lo general, nos hace adversos al riesgo. Entre exponernos ante una situación de mayor contagio a una menor, es razonable preferir la primera opción.

… Si los seres humanos fuésemos racionales buscaríamos todos protegernos y proteger a los demás seres humanos. En el extremo de los comportamientos de los seres vivos, se dan las parvadas o el cardumen; en unos y otros cientos de aves o peces se trasladan de un lugar a otro manteniendo sus distancias en movimientos coordinados sin dañarse unos a otros. Si los seres humanos tuviésemos esa misma capacidad de actuar colectivamente, quizás nos cuidaríamos unos a los otros y a nosotros mismos, sin necesidad de un gobierno.

Pero los seres humanos también somos irracionales, desinformados, incrédulos, temerarios : “el covid no existe”, “es un invento del gobierno”, “a mí no me pasa”, etc.

Tal es el caso de que los seres humanos requieren de ser cuidados de sí mismos.

El Estado moderno se justifica, en las democracias, por su función de cuidar a la colectividad en la que opera. No es solamente una estructura de poder o de dominación de unos respecto de otros. La idea de Lincoln, del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, lleva implícita la función de procurar el bienestar de su población.

Así, el cuidado entre las personas y el cuidado que respecto de la comunidad política debe dar el Estado, se encuentra en la base ético/jurídica a partir de las cuales nos representamos los comportamientos exigibles entre los seres humanos y las funciones y exigencias que tenemos de las autoridades públicas.

El cuidado debido, la debida diligencia, los estándares de diligencia, son algunos de los conceptos con los que designamos.

Los padres deben cuidar a sus hijos, los conductores de automóviles deben conducir a la velocidad permitida y respetar el paso de los peatones, los médicos deben aplicar los estándares de la buena práctica médica, los servidores públicos deben actuar con la debida diligencia y respetando la dignidad de las personas.

La pandemia es un problema de salud pública que activa los deberes que el Estado tiene respecto a su población.

Los cuidados tienen que llevarse a cabo con la diligencia debida.

La presupuestación del gasto público para hacer frente a los riesgos, a las catástrofes; la asignación de los recursos públicos a los derechos sociales atendiendo a la progresividad y no regresividad de los derechos humanos; la provisión de equipamiento al personal de salud en condiciones adecuadas para protegerlos, son algunas de las implicaciones de los deberes de cuidado del Estado.

Ante el riesgo, ante la incertidumbre y las limitaciones que la ciencia presenta para conocer las peculiaridades del virus, los deberes del Estado deben darse con la debida diligencia. Entre ellas está la información sobre las medidas que las personas pueden tomar para disminuir el riesgo.

El cubrebocas es parte de dichas medidas. Si alguna medida puede disminuir el riesgo se activa el deber del Estado de informar y de buscar su adopción.

Uno de los principios posibles de adoptarse ante situaciones de riesgo, incertidumbre y desconocimiento de las situaciones que se enfrentan, es el precautorio.

Ante un riesgo en el que aun no se tiene un conocimiento científico sobre los factores que lo producen y cómo medir el riesgo, el principio precautorio es una forma de justificar medidas para atenuarlo.

Y en eso, el gobierno federal queda a deber.

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