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Artículo publicado en El País, el día 31 de agosto del 2021.

La decisión del presidente López Obrador de remover a Olga Sánchez Cordero como secretaria de Gobernación ha tenido varias lecturas. Hay quienes las han hecho residir en los méritos y defectos de la hasta hace poco titular del cargo. Existen quienes suponen que estamos frente a un cambio de estrategia después de los malos resultados de las elecciones y de la propia gestión gubernamental. También hay quienes especulan la existencia de un plan para contrapesar las acciones del líder de la mayoría morenista en el Senado. Sin conocer la pertinencia de esas explicaciones –o de otras que pudieran surgir—, me parece posible apuntar la existencia de otra más: el levantamiento de los andamios para terminar de construir y para mantener su legado.

Me atrevo a considerar que, para el corto plazo, el Presidente ha pensado lo que pasaría si no pudiera continuar en el ejercicio de su cargo. Sabemos que conforme al artículo 84 constitucional, el secretario de Gobernación asumirá provisionalmente la titularidad del Poder Ejecutivo hasta por un plazo de sesenta días. Luego, por haber transcurrido ya los dos primeros años de su mandato, el Congreso de la Unión debería nombrar a quien sustitutivamente concluirá el periodo para el cual fue originalmente electo.

Para alguien que, simultáneamente, comienza a sentir tanto los efectos de una mayor violencia política como el rechazo en ciertos sectores sociales, y al mismo tiempo no quiere cambiar sus patrones de comportamiento público, debe ser motivo de preocupación el tema de la continuidad en el cargo. Si, en el evento –en modo alguno deseado ni desde luego sugerido—, de que no pudiera seguir en funciones, ¿quién y cómo podría construir la representación inmediata de la grandeza del legado en los azarosos y cruciales días que habrían de seguir? Conociendo la importancia que López Obrador le da a la historia y sus significados, y también a la necesidad que tiene de estar en ella de un modo adecuado, pienso que la designación del nuevo secretario de Gobernación cumple con esa posibilidad fatalista e, insisto, nunca deseada.

Además de esa vertiente de emergencia, creo que la sustitución del secretario de Gobernación en la persona de Adán Augusto López Hernández puede tener un significado más complejo y de más largo aliento. Jugando el juego sucesorio que tanto hace recordar los años priistas, el Presidente López Obrador ha comenzado a generar las luces y las sombras con que tanto se regodearon algunos de sus predecesores. Las insinuaciones, las colocaciones y los desplazamientos, las palabras soterradas y las expresas y, en fin, el cúmulo de signos que hicieron de los tapados y de su destape, son las piezas esenciales de la cultura política nacional de toda una época. El Presidente ha nombrado a algunas de las personas que podrían sucederlo. Con ello generó movimientos, salidas en falso y posicionamientos individuales y grupales. Las personas designadas están identificadas y forman ya parte de un proceso que, al mismo tiempo, las convoca y las trasciende.

Como lo vio hacer y al parecer le gustó, el Presidente irá buscando a quién, de entre todos sus tapados, recibirá su apoyo. En ese campo de posibilidades, tendrá algunas de considerable tamaño, y recibirá su apoyo quien sea capaz de convencerlo de que su legado estará asegurado. Que solo él, y nadie más, terminará por darle su lugar en la historia nacional, con todos esos detalles y vistas que ha imaginado. Que él habrá de encargarse de contar la épica fundacional del mito con el que López Obrador espera ser recogido en y por la historia.

El juego sucesorio de López Obrador no radica solo en identificar a quien pueda sucederlo. Ni siquiera en no traicionarlo. Lo que además de lo anterior tiene que lograr, es encontrar a quien, con la más absoluta de las lealtades, termine por configurarlo. Esta necesidad, me parece, no solo complica el ya abierto juego sucesorio, sino que explica, en mucho, la llegada del nuevo titular de la Secretaría de Gobernación. Del amigo leal y constante al lugar del que, también históricamente, salieron los viejos gobernantes de una República que, se piensa, está transitando ya por su cuarta etapa de transformación.

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